Cómo me siento.

Cuando mi incendio se hace ascuas,

brasas bravas incapaces de enfrentar el agua,

trato de afrontarte.

 

Parto de la concepción singular

que nos gestó y escupió a este mundo,

de que el amor promete el verbo saltar

y procede del cielo

y no de lo inmundo.

 

Me dejo arrullar por sueños

que me llevan a olerte entre las colonias

de la multitud domesticada, como una fiera

respira instintivamente a sus crías:

como animales.

 

Como si todo eso que envuelves

fuese el único pan que devorar

en plena hambruna, como si fueses

oasis

en diecinueve años de desierto feroz.

 

Atroz, te oí callar, atroz tu voz,

tus manos, tus suaves dedos,

tus dudas de hierro, tus meses

de vida,

tus trazos, tus remansos, tus rezos.

 

Salté de ese leve y cruel columpio

y te vi rudo,

dedo índice entre los labios -vertical-, sucio.

Claxon, golpe y cristales,

papeles rotos,

mal gesto,

bloqueo,

placaje.

 

En el aire se agitaron mis trenzas,

me acarició con un beso

la libertad,

respiraron mis órganos;

fue una autopsia al revés,

morir marcha atrás,

llorar bailando

-bailar llorando-,

naufragio.

En ese orden.

 

Al aterrizar, con los pies contra el cemento,

rodilla raspada y

muñeca rota.

 

No sé explicarlo lento,

apenas sentí el tiempo,

lo viví viviéndote y muriéndonos.

 

No sé aún si me levanté,

debería verme más a menudo.

De momento me pesa un mundo.

Aún no lo sabes, pero

“aún no lo sabes, pero” no tiene el mismo sentido

desde que no haces como que no lo sabías.

 

Claro que te quiero, pero

no soy yo,

eres tú.

 

Empezaste.

Quisiste decir “entro en tu vida”,

dijiste sal,

me la echaste,

me echaste

y orificio de entrada fuiste.

 

Quisiste sin querer hacer de mí cosmos

pero todo venía del caos

y, caos, me gestaste.

 

Empezaste como empieza todo,

con urgencia y ráfaga,

como rama besando huracán

y yo, dócil, flor desnuda.

 

Empezó una película muda

en un cine lleno de nosotros dos y,

sordos de tanto grito arrasador

abrasando en la garganta,

nos vimos gesticular amor

vacío

en una ciudad, vacía,

con la mente en blanco,

la piel a flor de alma

y el oxígeno faltando.

 

Empezaste abrazo

y abrazando queriendo un poco,

abrasando dijimos basta.

 

¿Qué te voy a explicar en un verso roto?

Si todos me quedan libres

menos mis dos ojos.

 

Si en otras circunstancias,

me hubiese tragado la tormenta

para que ningún petricor compitiese con tus lágrimas.

 

Si empezaste como empieza la vida,

haciéndome llanto,

¿cómo ibas a acabar?

Reptando.

Mi ser está sembrado incierto

y recogerme del suelo es tarea difícil

para un único vuelo

 

Querría decir que fue todo mentira,

que pedrusco en la sien

y pájaro en mano son exactamente lo mismo,

que no hay cien

volando

porque encadenaron a todos los ángulos

formando tres dimensiones.

 

Que tengo tantas ganas de rasparme

las entrañas

que te perdonaría mil vidas,

sin condiciones.

 

Pero tengo que quererme

y no me lo creo ni yo

pero tengo que quererme.

Déjame.

“Y en el turmix un deseo, que se me ha ido por completo de las manos.”

 

Déjame

mirarme bien de lejos,

descifrar que se me ha ido la cabeza,

sucumbir desde otro prisma a la sutil idea

de que mi sangre no fluye ya más,

qué elegancia hay en mis púas.

 

No recordé qué decía y me volví a manchar

los frágiles pulmones en un indeciso

inciso.

 

Encendiéndome, me veré:

me verás como yo ahora me atisbo

ardiendo

y me reconocerás o creerás reconocerme

como yo ya no me reconozco.

 

Te quitaré la razón y seguiré marchándome,

mancándome en lo más profundo de mis manchas.

No sabré escribir porque ni siquiera leeré.

Roerás mi tuétano

y nos olvidaremos

como las dos primeras flores de primavera.

Siempre esperando visita.

Están sonando todas las canciones tristes que una cabeza enferma puede recordar.

Qué te puedo decir, que no lo siento, que lo siento mucho, que te calles y me dejes llorar.

Que te olvides de la existencia de la tierra más allá de esta terraza,

que me leas o me dejes leerme porque estoy al borde de la arista,

que me hagas callar porque me estoy dando vergüenza.

 

Mamá, hace frío. Mamá, me encanta andar contigo pero me llevo conmigo.

Mamá, no sé si queda ternura, no sé si quedan mamás, no sé hablar con los niños.

 

Tarde.

 

El amor no existe pero la gente sigue haciéndolo; qué va a quedarles,

qué nietos se olvidan, qué ratas se cuidan y qué almas se tiran.

Dime. Gímeme esperanza, dame, doma el tiempo, dime.

 

Supuras suspiros cuando no duermes,

son sollozo las estrellas, no te estrelles.

Amor, respóndeme, amor, desolla al silencio.

Luna, ¿qué te pasa? ¿Qué volcán te falta por iluminar? Estás preciosa todas las noches.

 

Hazte ser yo, hazte ser normal, hazte ser café y pastillas.

Hazte ser mejor, quiero ser mejor, pues ya está. Silencio.

Siempre.

Sisea asomándose a mis oídos.

 

Siguen sonando todas las canciones tristes del mundo.

No hay café que pueda levantarme las pestañas, tampoco hay café.

No hay nada, nada en el universo que no sea la opresión de mi pecho.

No hay nadie, nadie gritando al otro lado de la puerta.

Leí.

Consecuentemente, me vi.

Leí que existía el amor con otras palabras

y por otras palabras lo creí.

 

Ayer me arreglaron las gafas,

las volví a romper, leí

que leían. Me abrasé con un café,

con dos, con tres

-dicen que la segunda vez es voluntad propia-

coleccioné tazas como tazos un día,

como trazos otro,

como ratas, anteayer.

 

Ayer siguió sajado mi corazón

dedo, enfermé del ojo,

llevé a arreglar la montura de las gafas

aunque debí haberlo hecho hacía mucho tiempo

y porque no me quedaba más que vista enferma

y no el triste virus de siempre.

 

Ayer pensé que me moría y no me morí

más de lo que me muero cada segundo que quiere pasar.

Ayer me dijeron que ayer no iba a decirme nadie nada,

ayer me dijeron cosas vivas luego, mil.

Ayer no pensé que hoy no sería tan horrible,

y tampoco lo está siendo.

 

Ayer leí que el ahora existía

pero hoy ya no estoy tan segura

de eso que ayer era limpia y clara certeza.

 

Va a ser un segundo.

Un segundo desde un cuarto,

vida jaula.

 

Te estarán disparando.

Tu síndrome de Stendhal mirando

con mimo tu muerte.

 

Un anciano caerá en la acera.

Una anciana rezará mientras solloza en su casa

vacía y yerma como las entrañas

que cobijaron vida,

las cuatro paredes de la cocina

antes para casi cien bocas.

 

Todo será gris, hasta fuera de mis retinas.

Recordando que una vez fuimos hambre,

espero que disfrutemos de cada bocado.

Así con todos.

 

Mira, está nevando,

están cayendo todas las hojas,

están agrupadas las aves,

todas las del cielo.

 

Mira, estamos floreciendo,

mira qué frutos damos;

nosotros, que fuimos torcida y rota rama;

mira qué arcoiris, qué rayos

de soleada mañana,

qué trino dulce, qué aterciopelado.

 

Mira ahora, qué vacío,

qué anemia, mira.

Qué podrido el congreso, qué frío

el patio, qué lejos el parque.

 

Mira qué poco sentido.

¿Cuántas veces?

 

(Por favor…)

De la soledad cuando llega desde dentro.

Las aristas de un cuerpo queman

y las de un alma escaldan.

 

Por eso, cuando digo lo que quiero

desnombro a los que quiero de verdad.

 

Todos buscan piezas,

acaban puzzles.

Mientras, rompo cabezas

y desmiembro los atisbos de coherencia

por si alguien con ganas de quedarse

aún las sigue teniendo

tras verme por dentro.

 

Yo una vez fui tan guapa que todos vinieron a mi entierro.

Y fui quien les lloré,

yo,

y no volví a verlos,

yo,

otra vez.

 

Suplicaron:

“vive con cuidado”

susurrantes a mi oído.

 

Omití sus esfuerzos vanos

para seguir muriendo descuidada.

 

Así fue como el descuido propio

mutó en ajeno.