Va a ser un segundo.

Un segundo desde un cuarto,

vida jaula.

 

Te estarán disparando.

Tu síndrome de Stendhal mirando

con mimo tu muerte.

 

Un anciano caerá en la acera.

Una anciana rezará mientras solloza en su casa

vacía y yerma como las entrañas

que cobijaron vida,

las cuatro paredes de la cocina

antes para casi cien bocas.

 

Todo será gris, hasta fuera de mis retinas.

Recordando que una vez fuimos hambre,

espero que disfrutemos de cada bocado.

Así con todos.

 

Mira, está nevando,

están cayendo todas las hojas,

están agrupadas las aves,

todas las del cielo.

 

Mira, estamos floreciendo,

mira qué frutos damos;

nosotros, que fuimos torcida y rota rama;

mira qué arcoiris, qué rayos

de soleada mañana,

qué trino dulce, qué aterciopelado.

 

Mira ahora, qué vacío,

qué anemia, mira.

Qué podrido el congreso, qué frío

el patio, qué lejos el parque.

 

Mira qué poco sentido.

¿Cuántas veces?

 

(Por favor…)

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De la soledad cuando llega desde dentro.

Las aristas de un cuerpo queman

y las de un alma escaldan.

 

Por eso, cuando digo lo que quiero

desnombro a los que quiero de verdad.

 

Todos buscan piezas,

acaban puzzles.

Mientras, rompo cabezas

y desmiembro los atisbos de coherencia

por si alguien con ganas de quedarse

aún las sigue teniendo

tras verme por dentro.

 

Yo una vez fui tan guapa que todos vinieron a mi entierro.

Y fui quien les lloré,

yo,

y no volví a verlos,

yo,

otra vez.

 

Suplicaron:

“vive con cuidado”

susurrantes a mi oído.

 

Omití sus esfuerzos vanos

para seguir muriendo descuidada.

 

Así fue como el descuido propio

mutó en ajeno.

Hace un año, Cádiz.

Todos los ojos que lleguen a buscarme algún día

no van a hallar más que vacío,

olas regresando atrás para abandonarse

al enterrador capricho

oceánico,

viento contagiado de la rabia

azotando paraguas y encharcando esfuerzos

colgados de pinzas

en las cuerdas de la ropa,

agotamiento un suspiro antes de la meta,

un orgasmo interrumpido,

los plomos saltando por los aires.

Un cuarto lleno de cosquillas podridas.

Y una cáscara de piel completamente vacía.

 

Soy una puta mariposa ahogada en insecticida.

La mano que lo vierte, impía.

El suelo que acoge las inertes alas.

Hasta las nubes que lloran,

mientras,

tras los cristales empañados de frío.

 

Acógeme el llanto en tus límites inexactos.

Ayúdame, con sumo cuidado, a trazar los míos.

Porque yo sola,

ya no puedo.

Tengo tantas ganas de llorar en tu pecho

como de destrozar el mío.

 

Carta desde el límite.

Me pediste mil mapas con una sonrisa en la boca.

Y me borraste

de todos

ellos.

 

Aliéntame a seguir si te atreves

a acariciar a un iceberg con la cubierta

de tu barco de vela.

 

Aliéntame a matarte de frío.

Aliéntame a vivir

aunque sepas a ciencia cierta

que la única forma que tengo de compartir vida

es alentar a otro a que se muera

de mí.

Y lejos.

 

Aliéntame lentamente a matarme de una vez

de alegría.

Por ejemplo de eso, por ejemplo.

Cruces y luceros.

“El único castigo que existe es un alma triste sin el calor de un abrazo, la tierra que no vuelve a ver el sol tras el ocaso, una flor sin abeja, un árbol sin raíces, una mirada de cristal vacía de matices.”

 

Quiero contarle a alguien la historia de cómo caí y no me volví a levantar.

 

Una mañana de finales de febrero yací muerta

entre los brazos leñosos de mi árbol madre.

Había un nido abandonado acunado entre los lazos de madera,

toda esa muerte llegaba al cielo y procuraba arañarlo.

 

El sol miraba desde detrás de una tormenta.

Cuidadoso, deseaba un fluido futuro para mis ojos.

Yo, ingenua, pensaba en luceros y estrellas;

caída inminente, me creían todos los pájaros huidos.

 

La catedral de León amanecería tan lejos

como volaban los globos de la Oniria,

sobre los reposados párpados de cientos

que flotaban hacia la orilla de una playa blanquecina,

dejándose mecer por el indomable oleaje.

 

Pensé, con los ojos cerrados, que estaba acabada.

Miré hacia abajo y vi mis alas, sangrando,

mientras todos me miraban, colgada.

Llevé mi cruz por el desierto de un poema.

Y nadie cayó en la cuenta de que estaba sanando

y no muriendo.

 

Aún así, yací muerta un 31 de mayo, cuando ebullía

la primavera y el verano dejaba intuir su perfume

por las callejuelas de una ciudad automática y fría.

 

Aún así, nadie cayó en la cuenta, y estuvo mi cadáver

dieciocho años correteando entre la vida.

 

Pensando en Neruda.

Les juro que puedo escribir los versos más tristes esta noche.

 

Escribir, por ejemplo, que soy yo la que está estrellada

contemplando los frenos

de emergencia que otros reflejos

no tuvieron ni que estrenar para salvarse de nada.

 

Y soy yo la que tirito en las aceras

que no saben del titilar de las estrellas

por una capa invisible de luces contaminando

-una capa apestosa de indiferencia y humana soberbia-.

 

El viento de la noche gira pero no canta

desde que hubo de anunciar el entierro

de todas las aves de patio

en el camposanto de traje y corbata.

 

Y yo, como miles, puedo escribir los versos más tristes.

Puedo escribir los versos más vacíos,

más mudos,

más áridos,

más ojo sajado,

más fuego en las entrañas.

 

Pero no sé escribir versos que lloren

mientras mis vísceras arden,

ni contar secretos en una lengua que alguien capte

aún después de muerta.

“El arte y la pena es el estiércol y las flores.”

Nadie me ve pero está lloviendo.

Desde esta nube oscura

veo mis lágrimas estallar lento,

estrellarse sobre todo lo que ellos son

y por ende, han sido,

buscando calar, romper gritos y cristales.

 

Nadie me ve pero truena.

No creo que sean mis gritos

pero tampoco me juego el cuello.

Escucho el silbido del tiempo,

percibo la brisa al ritmo del minutero.

No entiendo nada. Pregunto

pero o yo invisible o ellos ciegos.

 

Nadie me ve pero se apartan.

Me sienten avanzar reptando

sobre alguna acera mojada

cuando llora el cielo y yo corro,

un sendero se abre entre los cuerpo-zarzas urticantes.

Puedo seguir sin perturbación.

 

Nadie me ve pero yo tampoco.

No importa.

 

Nadie me ve y ojalá casi nadie me viera.