Siempre esperando visita.

Están sonando todas las canciones tristes que una cabeza enferma puede recordar.

Qué te puedo decir, que no lo siento, que lo siento mucho, que te calles y me dejes llorar.

Que te olvides de la existencia de la tierra más allá de esta terraza,

que me leas o me dejes leerme porque estoy al borde de la arista,

que me hagas callar porque me estoy dando vergüenza.

 

Mamá, hace frío. Mamá, me encanta andar contigo pero me llevo conmigo.

Mamá, no sé si queda ternura, no sé si quedan mamás, no sé hablar con los niños.

 

Tarde.

 

El amor no existe pero la gente sigue haciéndolo; qué va a quedarles,

qué nietos se olvidan, qué ratas se cuidan y qué almas se tiran.

Dime. Gímeme esperanza, dame, doma el tiempo, dime.

 

Supuras suspiros cuando no duermes,

son sollozo las estrellas, no te estrelles.

Amor, respóndeme, amor, desolla al silencio.

Luna, ¿qué te pasa? ¿Qué volcán te falta por iluminar? Estás preciosa todas las noches.

 

Hazte ser yo, hazte ser normal, hazte ser café y pastillas.

Hazte ser mejor, quiero ser mejor, pues ya está. Silencio.

Siempre.

Sisea asomándose a mis oídos.

 

Siguen sonando todas las canciones tristes del mundo.

No hay café que pueda levantarme las pestañas, tampoco hay café.

No hay nada, nada en el universo que no sea la opresión de mi pecho.

No hay nadie, nadie gritando al otro lado de la puerta.

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