Déjame.

“Y en el turmix un deseo, que se me ha ido por completo de las manos.”

 

Déjame

mirarme bien de lejos,

descifrar que se me ha ido la cabeza,

sucumbir desde otro prisma a la sutil idea

de que mi sangre no fluye ya más,

qué elegancia hay en mis púas.

 

No recordé qué decía y me volví a manchar

los frágiles pulmones en un indeciso

inciso.

 

Encendiéndome, me veré:

me verás como yo ahora me atisbo

ardiendo

y me reconocerás o creerás reconocerme

como yo ya no me reconozco.

 

Te quitaré la razón y seguiré marchándome,

mancándome en lo más profundo de mis manchas.

No sabré escribir porque ni siquiera leeré.

Roerás mi tuétano

y nos olvidaremos

como las dos primeras flores de primavera.

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